¿El ajolote es agresivo? Morder, canibalismo y defensa

Más datos del ajolote (7)

No. El ajolote (Ambystoma mexicanum) no es un animal agresivo en el sentido habitual de la palabra, y conviene separar lo que es una amenaza real de lo que solo parece serlo. Es una salamandra solitaria, puede estar activa a cualquier hora del día y, cuando se siente amenazada, su reacción documentada no es atacar: es desaparecer.

Lo que sí existen son mordiscos entre individuos de la misma especie, y con más frecuencia entre crías que entre adultos. El ajolote es un depredador oportunista que se come cuanto consigue atrapar, y entre sus posibles presas están otros ajolotes. Eso es canibalismo y competencia por comida, no una pelea por un territorio.

Lo que sí hace: depredar a sus propios compañeros

Animal Diversity Web lo describe como el depredador superior de su ambiente natural, capaz de alimentarse de moluscos, peces y artrópodos, y también de individuos de su propia especie. La ficha de comportamiento de San Diego Zoo Wildlife Alliance coincide y añade un matiz histórico: dentro de su área ocupa una posición alta en la cadena trófica, y fue depredador sobre todo antes de que llegaran los peces introducidos.

Su forma de alimentarse explica buena parte de lo que pasa entre ellos. Captura el alimento con una técnica de succión, lanzando la boca hacia delante en lugar de masticar. En la misma ficha zoológica, la dentición aparece descrita como diminuta y roma, en una sola fila de dientes pequeños, y usada para retener el alimento, no para desgarrarlo ni para masticarlo.

Esa es la clave para entender su pauta de conducta: un ajolote muerde para sujetar, no para destrozar. Por eso un mordisco entre dos de la misma especie no apunta al otro como rival, sino a cualquier cosa que se mueva junto a él, incluida una extremidad.

En cautividad los mordiscos se multiplican

Larvas de ajolote apiñadas en un tanque de vidrio, una más grande junto a otra con una patita delantera dañada

Un estudio publicado en Regeneration sobre el Centro de Stocks de Genética de Ambystoma midió el problema con precisión. Al revisar la colección, los investigadores comprobaron que el 80% de las salamandras larvarias mostraban señales de mordedura en el momento exacto en que pasaban de vivir en grupo a vivir solas.

La causa está en la densidad. Una semana después de eclosionar, aproximadamente entre 50 y 100 larvas de cerca de un centímetro de longitud total comparten un mismo recipiente, y durante esa fase las crías están expuestas a mordiscos de sus hermanas y hermanos, que reaccionan a los movimientos de sus compañeras y a los camarones salobres mientras se alimentan.

A los 18 meses aproximadamente, el esquema cambia: las hembras pasan a criarse en pareja, mientras los machos más agresivos se mantienen en solitario. Es decir, el protocolo del propio centro depende de separar a los individuos conflictivos, y los resultados muestran por qué.

  • De 717 adultos revisados, aproximadamente la mitad presentaba anomalías en las extremidades.
  • Los investigadores calculan que solo el 43% de las larvas acaba con cuatro miembros de aspecto anatómicamente normal después de sufrir una mordedura.
  • La regeneración tampoco es perfecta: la extremidad puede volver a formarse, pero no siempre con la anatomía correcta.

En libertad, según los autores, este tipo de heridas se origina en interacciones agonistas cuando las larvas mayores intentan capturar y canibalizar a las más pequeñas. En esta especie, la agresión está ligada al alimento y al tamaño del cuerpo, no a la defensa de un territorio.

Su defensa es esconderse

La sección de comportamiento agonístico de la ficha de San Diego Zoo es reveladora: lo único que recoge es refugiarse y reducir la actividad tras detectar un depredador, por ejemplo la tilapia introducida. Añade que lo detectan por el olfato y mediante señales visuales adicionales. No hay delante de este animal una puesta de amenazas: simplemente se repliega.

De día, se entierran en el fango y en la vegetación acuática para evitar ser devorados. Su lista de depredadores naturales es corta: cigüeñas, garzas y, de vez en cuando, peces grandes como la carpa y la tilapia. El paralelismo salta a la vista: las mismas especies introducidas que lo acechan son también las que lo obligan a esconderse.

Pocas señales, pocos motivos de conflicto

Dos ajolotes adultos, uno rosado y otro oscuro, giran despacio uno frente al otro sobre arena en un cortejo tranquilo

El ajolote reconoce a los de su especie por el olfato, no por la fuerza. Usa pistas químicas para distinguir el sexo de sus compañeros y parece aprovechar los olores para detectar en qué fase reproductiva se encuentran. Los machos liberan feromonas durante el cortejo y se vuelven más activos cuando perciben el olor de una hembra que está poniendo huevos.

El cortejo tampoco implica pelea. Siguiendo el patrón general del género, cada animal empuja la región cloacal del otro y luego ambos giran en círculo, en lo que la literatura llama un vals. Fuera de la temporada de cortejo, los contactos entre individuos de la misma especie escasean, y en cautividad se han documentado más momentos de actividad durante la noche.

Tamaño y boca: por qué el riesgo para ti es casi nulo

La longitud total llega hasta los 30 cm, con hembras de unos 170 a 180 g y machos de unos 125 a 130 g. A esa talla, con esa dentición roma y ese sistema de succión, el ajolote puede lastimar a un compañero de acuario, pero no representa un riesgo para una persona. Animal Diversity Web, de hecho, no le atribuye ningún efecto negativo sobre los humanos.

Aun así, un mordisco no sale gratis. En el estudio citado, las hembras que compartían tanque se dañaban entre ellas, y las heridas aparecían justo cuando una intentaba capturar por succión una pastilla de alimento demasiado cerca de las extremidades de la otra. Por eso en casa conviene dar a cada individuo su propio espacio, mantener separados a los machos más conflictivos, retirar los restos de comida del fondo y vigilar cualquier cambio brusco en una branquia o en una pata.

Un animal que todavía no entendemos del todo

La pregunta por la agresividad importa menos que una certeza incómoda: sabemos muy poco de su vida en libertad. Los patrones de actividad de la especie en su hábitat no están bien descritos, y los ejemplares que ves en acuarios, zoológicos y laboratorios proceden en su gran mayoría de crías mantenidas en cautividad, no del lago.

Los números explican la urgencia. La ficha de población de San Diego Zoo, basada en la evaluación del Grupo de Especialistas en Anfibios de la UICN, sitúa a la especie en peligro crítico desde la evaluación de 2019, con tendencia decreciente y poblaciones extremadamente pequeñas: solo quedarían entre 50 y 1.000 adultos en libertad. La misma ficha recuerda que en 1996 y 2004 la categoría era vulnerable, y que el salto a peligro crítico llegó en 2006.

Hoy la población vive en apenas tres sitios aislados del sur de la Ciudad de México, y el lago de Xochimilco, uno de los dos donde la especie se asentó históricamente, se encuentra a unos 2.274 m de altitud.

Así que la respuesta corta se sostiene: el ajolote no es agresivo en el sentido habitual, no busca pelea y prefiere esconderse. Es, eso sí, un depredador que no distingue entre una larva de insecto y un ajolote más pequeño. Y esa misma mordida sencilla que le sirve para cazar es la que, en un espacio abarrotado y con la comida al alcance del hocico, deja huella en sus compañeros de tanque.

Fuentes